Fundado en 1958 como dice una placa que se puede observar mientras uno toma un refrigerio desde la terraza del Bar Leño, la barriada oficialmente nombrada Madre de Dios para gusto de los más devotos, y extraoficialmente conocida como Barrio La Guita, cuentan que obtiene su coloquial nombre debido al método de construcción de sus primeras casas, medidas con una guita a falta de otros recursos más avanzados.
El Barrio La guita, un barrio obrero, me ha visto andar innumerables veces por sus calles, me conocen sus vecinas, me conozco sus rincones, me doy cuenta cuando un comercio cierra, me doy cuenta cuando alguien falta. Si bien es cierto que la tendencia de esta sociedad ha propiciado la fuga de mucha de sus gentes, entre las que me incluyo, a otros lugares para residir, encuentro reconfortante la vuelta y percibo con gusto la esencia de su familiaridad.
En un mundo que tiende al individualismo, que empuja al individuo a resolverlo todo solo, sin molestar, sin necesitar, que lleva la independencia por bandera a todas las aristas de la vida, en el que la autonomía es sinónimo de fortaleza, los barrios nos recuerdan que no hace falta, este aislamiento tan bien presentado no hace falta.
No nos hacen falta viviendas unipersonales en edificios altos, en las que no conoces a quien tienes en la puerta de al lado; no nos hacen falta calles encrucijadas hechas para ritmos frenéticos y tráfico fluido, ni barrios dormitorio que se vacían de día y se apagan de noche, ni espacios pensados solo para pasar y no para quedarse. Nos hacen falta más plazas, más parques, más bares, más asociaciones, más buenos días, más puertas abiertas, más conversaciones en la escalera. Nos hace falta más ser que estar.