Marchena en Cuaresma: más allá de la fe
No tengo ni la más remota idea de lo que es Dios; desde el materialismo filosófico que intento procesar, me cuesta asimilar una creencia no basada en cualquier prueba empírica. No obstante, soy consciente de que en ello radica la fe, sentimiento que con total sinceridad envidio, pero que por vicisitudes personales no proceso. De estos argumentos surge mi paradoja; ¿cómo alguien que se expresa en estos términos, puede sentirse entusiasmado en estas fechas?
En primer lugar, por el arte, ente civilizador desde que nuestra especie habitaba en cuevas. Elemento que nos hizo humanos en el concepto cultural de la palabra. Capaz de conmover y remover conciencias.
¿Y quién no se puede conmover al ver al Cristo de San Pedro? Cristo del tardo gótico sevillano que expresa en su rostro el dolor humano en su máxima expresión. Dolor, sentimiento que todos hemos procesado, emoción tan íntimamente ligada a nuestra identidad como especie. Compañero vital desde que somos lo que somos. ¿Cómo no podemos meditar al presenciar el Dulce Nombre? La dulzura de un crío que ya carga con su propia cruz, al igual que muchos niños, nacidos en conflictos armados, en la pobreza o en circunstancias adversas, ya cargan con la suya.
En segundo lugar, esta festividad tiene el poder de estrechar lazos humanos. Y cuento mi caso. A mi hija le encanta la Semana Santa; yo soy feliz visitando iglesias con ella, viendo procesiones, paseando por la calle dado de su mano en un ambiente festivo. Su cara expresa felicidad y yo me siento más unido a ella. ¿Hay algo más cristiano que el amor, hay algo más sagrado que la felicidad de un niño?
No sé lo que es la divinidad, pero si algo es capaz de generar dicha en mi corazón, intento abrazarlo. No sé si existe Dios, ni puedo asegurar la naturaleza divina de Cristo, pero benditas sean estas fechas y todo lo que nos regala.