Palacio Ducal de Marchena: grandeza y soledad

Artículo de Opinión de 'Marchena Histórica' (@marchenahistórica)

El “Mandato” concluye y los marcheneros se retiran de la Plaza Ducal, dejando tras de sí la desoladora estampa de un palacio en un estado total de soledad y abandono. Sin embargo, su degradación y desaparición responden, en buena medida, a la evolución histórica que atravesaron tanto la villa como el complejo palaciego.

Nuestra historia comienza en 1309, año que la villa de Marchena es donada a Fernán Pérez Ponce, dando lugar a un matrimonio imperecedero entre nuestro municipio y quienes, durante siglos, fueron sus señores, los Ponce de León, cuyos representantes no dudaron en instalarse en la antigua alcazaba islámica, remodelada y convertida en castillo cristiano.

Sin embargo, serán las actuaciones desarrolladas por los Duques de Arcos a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII los que dotaron al complejo de la majestuosidad que, sin duda, lo caracterizaron. Entre las distintas obras, debemos destacar la portada tardogótica que monumentalizó el acceso al apeadero del palacio; la construcción de los jardines renacentistas del recinto, y la fachada barroca que cerraba la plaza ducal, que, a la altura de 1883, todavía conservaba gran parte de su magnificencia.

El vínculo existente entre la Casa de Arcos y la villa de Marchena determinó que ambas recorrieran el mismo camino de decadencia a lo largo del siglo XIX. La desaparición de la rama masculina de los Ponce de León llevó a la absorción de la casa de Arcos por la casa de Osuna, quien, acuciada por sus deudas, no dudó en vender, ladrillo a ladrillo, el complejo, proceso en el que debemos enmarcar el traslado de la Puerta de Marchena al Alcázar sevillano. Por otro lado, el empleo de los restos del palacio para la construcción de una plaza de toros terminaría por deteriorar el edificio, que a principios del siglo XX ya presentaba un estado ruinoso.

La construcción de un bloque de viviendas en los años 60 frente a la desaparecida fachada terminaría por esconder a todos los marcheneros el recuerdo del palacio ducal, condenándolo a una soledad de la que todavía hoy día parece incapaz de desligarse.